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22 mayo, 2012

Vacío.


La muerte no es más que un sueño y un olvido.
Mahatma Gandhi (1869-1948)
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Mis piernas no paraban de moverse, izquierda, derecha, izquierda, derecha. Estaba agotado pero aún así no paraba, intentaba respirar, aunque me era un enorme esfuerzo dar cada paso.

Llevaba recorridos algo más de tres kilómetros, era noche cerrada y las estrellas y la luna iluminaban el cielo y parte del bosque, no sabía porqué corría, ni de qué huía, simplemente no podía parar. La temperatura empezaba a bajar gradualmente y empezaba a notar el olor a sal en el aire que chocaba contra mi cara surcada de lágrimas, no me había dado cuenta de que había empezado a llorar, prácticamente no  me daba cuenta de nada de lo que estaba haciendo mi cuerpo.

El bosque desapareció de repente y dio paso a un pequeño prado que acababa en acantilado, desde dónde empezaba el mar. ¿Allí es dónde quería llegar? ¿Aquí me quería traer mi mente y mi cuerpo? En mi cabeza había dos hipótesis y me daba miedo pensar en la segunda.

Caí de rodillas al suelo y me llevé las manos a la cabeza, agarrándola como si fuese a estallar, empezaron a surgir recuerdos de mi vida entera, sonidos que me habían acompañado en mis veinte años de vida. Empecé a llorar otra vez, mi respiración se cortaba, me abracé los hombros, tumbado en el suelo, totalmente desconsolado y con miedo. Con mucho miedo.

Las frases que le había dicho a mi amigo aún retumbaban en mi cabeza:

-¡Pero es que yo ya he perdido la esperanza! ¡Nadie se preocupa por mí, nadie me quiere! ¡Estoy al margen del mundo! ¡No soy más que un muñeco sin corazón capaz de hacer sonreír a los demás! ¡Nunca veo lo mal que estoy por dentro! 


En ese momento no había pensado en el dolor que esto causaría a mi amigo, lo único que hice fue salir corriendo de su casa y llegar hasta aquí, El Acantilado.

Y yo lo único que sentía, si se le puede llamar así, era un gran vacío, sólo eso, nada más. Me sentía sin vida, quería quitarme esa sensación de encima cuanto antes mejor, pero no podía, me estaba hundiendo y no había nadie que me ayudase a reflotar.

Había empezado a gritar mientras lloraba y no me dí cuenta de que alguien me estaba estrechando en un abrazo, no le dí importancia de a quién era y empecé a sollozar en su hombro. Ese alguien me dijo una única frase:

-No llores más. A mi me importas.

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Relato totalmente ficticio escrito a partir de la BSO de Final Fantasy X.
Un abrazo:
XaviRP#